Juan 7, 1-2. 10. 25-30
Viernes de la IV semana de Cuaresma
Lectura del santo evangelio según san Juan
Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.
Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: «¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene».
Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: «Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo… Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
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Perspectiva desde la Doctrina Social de la Iglesia
Este pasaje del Evangelio de Juan, situado en un contexto de conflicto y desconfianza hacia Jesús, nos permite reflexionar sobre varios principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicables a la vida en sociedad.
1. La libertad de conciencia y el rechazo a la persecución por la verdad
El relato comienza mostrando a Jesús que debe actuar con prudencia («casi en secreto») porque «buscaban matarlo» . Esta situación de hostilidad hacia Él, precisamente por decir la verdad sobre su identidad y misión, nos habla de un principio social básico: la libertad religiosa y de conciencia. La DSI defiende firmemente el derecho de las personas y las comunidades a buscar la verdad, expresar sus convicciones y vivir según su fe sin coacción ni temor a la persecución (Conc. Ecum. Vat. II, Dignitatis Humanae, 2). La intolerancia de las autoridades hacia Jesús es un ejemplo de cómo el poder puede cerrarse a la verdad cuando esta no coincide con sus intereses.
2. El prejuicio social como obstáculo para el reconocimiento de la dignidad
Los habitantes de Jerusalén rechazan a Jesús basándose en un prejuicio: «Nosotros sabemos de dónde viene éste» . Creen conocer su origen (Galilea, Nazaret) y eso les impide abrirse a la posibilidad de que sea el Mesías. Este mecanismo de exclusión por el origen social o geográfico es analizado por la DSI como una injusticia que atenta contra la dignidad de la persona. El principio del bien común exige superar los prejuicios y reconocer el valor de cada persona más allá de su procedencia. La Iglesia llama constantemente a construir una «civilización del amor» donde no haya marginados por su lugar de nacimiento o condición social, recordando que la dignidad humana es siempre anterior a cualquier etiqueta social.
3. La verdad frente a las estructuras de poder y la hipocresía
Jesús, «mientras enseñaba en el templo», denuncia la ignorancia voluntaria de sus oyentes: «a quien vosotros no conocéis» . A pesar de tener la ley y las Escrituras, no reconocen al Enviado del Padre. La DSI tiene una especial preocupación por la verdad en las relaciones sociales. Cuando las autoridades (religiosas y civiles en este caso) se ciegan por sus propios esquemas y no reconocen la acción de Dios en la historia, se convierten en un obstáculo para el bien del pueblo. La enseñanza social de la Iglesia insiste en que toda autoridad debe ejercerse como un servicio a la verdad y a la justicia, y nunca como un instrumento para mantener privilegios o silenciar voces incómodas.
4. La «hora» de Dios y la paciencia activa en la historia
Finalmente, el versículo 30 («intentaban prenderlo, pero nadie le puso la mano encima porque todavía no había llegado su hora») nos recuerda que la historia humana no está en manos del azar ni de los poderosos, sino que tiene un sentido trascendente. Para la DSI, esto se traduce en una actitud de esperanza activa. Los cristianos estamos llamados a trabajar por la justicia en el mundo, sabiendo que el mal no tiene la última palabra. Esta confianza en la providencia no lleva al quietismo, sino al compromiso paciente y firme, sabiendo que nuestros esfuerzos por construir una sociedad más justa se insertan en un plan más grande que solo Dios conoce y que culminará en su «hora».
En resumen, Juan 7 nos presenta a un Jesús que desafía los prejuicios sociales y el poder establecido, recordándonos que la verdad, la libertad y el reconocimiento de la dignidad de todos (incluidos los que parecen «de origen conocido») son pilares irrenunciables para una sociedad justa y conforme al proyecto de Dios.
































