EVANGELIO DEL DÍA 28 DE NOVIEMBRE DE 2025

Del santo Evangelio según san Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. Palabra del Señor.

***

Este pasaje del Evangelio, donde Jesús utiliza la imagen de la higuera para hablar de discernir los «signos de los tiempos», es fundamental para la DSI. La perspectiva social se puede resumir en dos puntos clave:

  1. Llamado a la Vigilancia y la Responsabilidad Activa:
    Así como los brotes de la higuera exigen atención para entender lo que viene, los cristianos estamos llamados a observar atentamente la realidad del mundo (las realidades sociales, económicas, políticas y culturales) a la luz del Evangelio. No es una actitud pasiva de espera, sino una vigilancia activa que nos impulsa a trabajar por la justicia, la paz y la dignidad de toda persona, anticipando así la llegada del Reino de Dios. La DSI nace de este imperativo de leer los signos de los tiempos e iluminar las realidades humanas.
  2. La Palabra de Dios como Fundamento Sólido:
    En un mundo donde las ideologías, los sistemas económicos y los poderes humanos pasan y cambian («el cielo y la tierra pasarán»), la DSI encuentra su fundamento inquebrantable en las palabras de Cristo («mis palabras no pasarán»). Los principios de la DSI—como la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad y la opción preferencial por los pobres—no son ideas sociológicas variables, sino que fluyen de esta Palabra eterna que da un sentido y una dirección definitiva a nuestro compromiso en el mundo.

En esencia, este pasaje nos recuerda que nuestro compromiso con la transformación de la sociedad debe estar siempre arraigado en la esperanza cierta de que el Reino de Dios es el destino final, y que nuestra labor es colaborar en su construcción, fiados de la promesa de Cristo que permanece para siempre.