EVANGELIO DEL DÍA 24 DE ENERO DE 2026

Del santo Evangelio según san Marcos 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Palabra del Señor.

***

Este pasaje, breve pero significativo, muestra a Jesús tan entregado a su misión de servir y anunciar el Reino, que descuida incluso sus necesidades básicas, hasta el punto de que sus propios familiares lo consideran «fuera de sí». Desde la DSI, esto ilumina dos principios clave:

  1. La primacía de la persona y su vocación al servicio del bien común:** La entrega total de Jesús no es desequilibrio, sino coherencia radical con su misión. La DSI recuerda que toda persona está llamada a contribuir al bien común, a veces yendo contra la comodidad o expectativas inmediatas, incluso familiares. El compromiso con la justicia y la dignidad humana puede exigir una dedicación que el mundo no comprende.
  2. La opción preferencial por los pobres y la solidaridad:** Jesús se deja «aglomerar» por la gente necesitada (enfermos, marginados). Su «locura» es, en realidad, la solidaridad llevada al extremo: poner en el centro a los que la sociedad descuida. La DSI impulsa esta misma opción: la Iglesia debe estar donde está el sufrimiento, aunque ello suponga incomprensión o críticas.
  3. La familia y la comunidad más amplia:** La reacción de los parientes de Jesús refleja la tensión que a veces existe entre los vínculos familiares naturales y las exigencias de la misión. La DSI, sin menospreciar la familia, enseña que la comunidad de los creyentes (y la familia humana universal) también es un ámbito de pertenencia y responsabilidad. El seguimiento de Cristo puede requerir, en ciertos momentos, poner la misión al servicio del Reino por encima de la comodidad del círculo íntimo.

En síntesis: Marcos 3, 20-21 presenta un Jesús tan identificado con su misión de amor servicio que resulta «incomprensible» para su entorno inmediato. Desde la DSI, esto es un llamado a una solidaridad radical y a priorizar el bien común, aunque ello suponga ser juzgados o incomprendidos. La verdadera «cordura» del Evangelio a menudo se revela como «locura» para el mundo (cf. 1 Cor 1,18).